La Academia de Magia de Niguace no era una escuela corriente. Alzada sobre los acantilados, entre torres cambiantes, pasillos caprichosos y jardines que parecían crecer con voluntad propia, recibía cada año a nuevos aprendices de magia. Pero aquel curso comenzó con una anomalía: cinco alumnos llegaron tarde, cuando los demás aquelarres ya habían nacido y las primeras rivalidades empezaban a tomar forma.
Carmelo Ratazzi, Juan Alvarado, Sahib Averroes, Sahure em Wase y Triko no parecían destinados a encajar con facilidad. Cada uno traía consigo un origen distinto, una herida propia y secretos que aún no estaban preparados para revelar. Bajo la guía de Tegku Bagui Fénix, eligieron un nombre para su grupo: Hidra. Varias cabezas, un solo cuerpo. Así nació el cuarto aquelarre de primer curso.
El nacimiento de Hidra
Desde sus primeros pasos, la Hidra comprendió que Niguace no era un refugio inocente. El Aquelarre del Unicornio lideraba la competición de las Marcas de Mérito Arcano, el Basilisco aspiraba a alcanzarlo y la Quimera parecía mantenerse al margen de aquel juego de prestigio. Hidra, en cambio, comenzaba desde abajo, sin reputación y sin aliados claros.
La tensión no tardó en aparecer. Pedro Sancho, noble vacceo de modales impecables y palabras envenenadas, puso a prueba al grupo con una cortesía tan pulida como ofensiva. Su desprecio hacia ciertos alumnos de otras razas dejó claro que la academia también era un escenario político, donde los apellidos, las especies y las viejas jerarquías pesaban tanto como los hechizos.
Huevos, rumores y primeras sombras
Ese mismo día, los miembros de Hidra recibieron sus huevos de darkaser, criaturas mágicas destinadas a acompañar a cada mago durante su formación. Pero la vida escolar no trajo únicamente descubrimientos amables. Muy pronto comenzaron a circular rumores sobre ropa interior desaparecida, una alumna que no había regresado y un extraño accidente en las cocinas que obligaba a todos los estudiantes a comer en el templo de Krolikary.
Entre esos rumores surgió una visión más inquietante. Triko vio algo detrás de Sahure: una sombra demasiado densa, demasiado consciente, como si observase el mundo desde un lugar al que nadie más podía mirar. Sahure no negó su presencia. Al contrario, le pidió que guardase silencio. Aquella sombra, dijo, siempre había estado con él.
La primera investigación
Deseosos de ganar Marcas de Mérito Arcano y de demostrar que la Hidra podía competir con los demás aquelarres, los jóvenes decidieron investigar la desaparición de una estudiante de segundo curso. La búsqueda los llevó al bosque que rodeaba Niguace, un lugar antiguo y hermoso solo en apariencia. Allí escucharon un sonido agudo, doloroso, procedente de algo que volaba sobre ellos sin dejarse ver. La expedición terminó en huida, hambre y confusión.
Más tarde, Carmelo vio a Ram Balaur, profesora de Botánica y guardiana del jardín mágico, entrar de noche en el invernadero con un fardo sospechoso. Aquella imagen bastó para que la Hidra decidiera actuar. Con ayuda de la capa mágica de Sahib, Triko logró colarse en el edificio y abrir la puerta desde dentro. El lugar estaba húmedo, silencioso y extrañamente vivo.
El invernadero cerrado
Dentro encontraron un saco pesado, irregular y maloliente. Todo apuntaba a un hallazgo terrible, quizá incluso a un cadáver oculto. Pero al abrirlo solo encontraron verduras podridas, mondaduras y basura. Antes de que pudieran ordenar sus sospechas, Ram apareció a sus espaldas y les exigió explicaciones.
Las excusas fueron torpes. La profesora no pareció creerlas del todo, pero tampoco los castigó con dureza. Solo les advirtió que no volvieran a entrar allí de noche. La Hidra regresó sin respuestas, pero con una certeza nueva: en Niguace, incluso los lugares más cotidianos podían ocultar algo.
Una academia que observa
El primer capítulo termina con la Hidra todavía lejos de comprender el alcance de lo que ha despertado. El bosque no es seguro. Los profesores esconden más de lo que dicen. La desaparición de la alumna no parece preocupar a quienes deberían buscarla. Y algunas sombras, una vez vistas, no se marchan nunca.
Así comenzó la historia del Aquelarre de la Hidra: tarde, con hambre, con miedo y con demasiadas preguntas. Niguace ya los había visto. Y desde ese momento, la academia empezó a observarlos de vuelta.