Capítulo II: El Eco de los Muertos

El tiempo en la Academia de Magia de Niguace no avanzaba como en otros lugares. Las semanas se deslizaban entre clases, rumores y pequeños descubrimientos, lo bastante rápido como para que los alumnos empezasen a acostumbrarse a la rutina, pero no tanto como para sentirse realmente seguros.

El Aquelarre de la Hidra comenzaba a encontrar su sitio. Carmelo Ratazzi seguía observando cada gesto con esa mezcla de amabilidad y cálculo que lo definía. Juan Alvarado continuaba atrayendo conflictos incluso cuando no los buscaba. Sahib Averroes avanzaba en sus estudios con una rapidez que empezaba a incomodar a algunos. Triko seguía mirando más allá de lo evidente, atento a detalles que otros pasaban por alto. Y Sahure em Wase empeoraba.

Las fiebres no remitían. Sus delirios eran cada vez más intensos, más extraños, como si su mente caminara por lugares que nadie más podía ver. No parecía una enfermedad común, pero tampoco había una respuesta clara. En Niguace, las respuestas rara vez llegaban antes de que algo se rompiera.

La herida de la Nilrrama

Durante una clase en el invernadero, bajo la supervisión de Ram Balaur, los alumnos trabajaban con distintas especies vegetales. El aire estaba cargado de humedad, tierra y magia viva. Demasiado viva.

Fue entonces cuando Sahib se arañó la espalda con una planta llamada Nilrrama. La herida no parecía grave, apenas un roce descuidado, pero la reacción de Ram fue inmediata. Se acercó, examinó la situación y, de forma casi apresurada, se preocupó más por remendar la ropa rasgada que por atender el corte.

La profesora aseguró que la planta era peligrosa, pero no venenosa.

Más tarde, acompañado por Carmelo, Sahib acudió al templo de Krolikary. Allí, Sor Amparo examinó la herida con calma. Su expresión cambió al instante: había veneno. No era una amenaza mortal si se trataba a tiempo, pero la contradicción quedó flotando en el aire.

Ram había dicho una cosa, la herida decía otra. Y en Niguace, las pequeñas contradicciones rara vez eran inocentes.

Acusaciones en los pasillos

La tensión no tardó en encontrar otro cauce. Una mañana, Pedro Sancho se acercó con su habitual cortesía calculada, esa forma suya de sonreír como si cada palabra estuviese medida para herir sin mancharse las manos.

Sus acusaciones fueron directas: Juan y el centauro Thalios Arroyo Cristalino habían sido vistos en los dormitorios femeninos. Las desapariciones de prendas íntimas, según él, ya tenían culpables.

Carmelo intentó suavizar la situación, pero Pedro no buscaba calma. Cuando la conversación empezó a incomodar, redirigió toda la sospecha hacia Thalios. El centauro fue llamado a dirección, y aunque el asunto no se resolvió en aquel momento, algo quedó marcado.

No era solo una acusación escolar. Era una grieta. Y a través de esa grieta empezaban a verse prejuicios, jerarquías y heridas mucho más antiguas.

El nombre de Cladinia Arawel

Mientras tanto, la Hidra no olvidaba el misterio de la alumna desaparecida. Su nombre ya no era solo un rumor: Cladinia Arawel. Había desaparecido durante el verano y, de algún modo, la academia parecía haber seguido adelante con demasiada facilidad.

Las pistas comenzaron a aparecer en fragmentos.

Triko, guiado por una intuición difícil de explicar, siguió a Sor Amparo hasta la fresquera de la cocina. Allí encontró mantas manchadas de sangre, restos y un espacio vacío donde algo parecía haber estado hasta hacía muy poco.

Aquel hallazgo se unía a otros rumores: las cocinas oficiales llevaban tiempo selladas, se hablaba de un accidente con una criatura de fuego, de una cocinera devorada y de una explosión que había obligado a trasladar las comidas al templo de Krolikary.

Nadie quería hablar demasiado de aquello. Y precisamente por eso importaba.

El diario de la desaparecida

La investigación avanzó gracias a una ayuda inesperada. El conflicto con el aquelarre de Quimera había cambiado tras el apoyo de la Hidra a Thalios, y Minara de los Cuernos Negros facilitó el contacto. La enigmática Yara Satomi les hizo llegar algo decisivo: el diario de Cladinia.

El problema era que estaba escrito en élfico.

Intentaron encontrar a Naskary, pero quien apareció fue Emberlin Mertordrag. Como siempre, estaba sola. Como siempre, parecía al margen. Pero aquella vez se mostró sorprendida, incluso contenta, de que alguien la necesitara. Su traducción no fue perfecta, pero bastó para comprender lo esencial.

Cladinia no había sido una víctima cualquiera. Todo había comenzado con su darkaser, Pinxoux. El vínculo entre ambos se había vuelto demasiado intenso. La soledad se convirtió en apego. El apego, en obsesión. Y la obsesión, en algo mucho más peligroso.

Investigación prohibida. La muerte no como final, sino como tránsito. El primer intento había fallado. El segundo, no.

Regreso al bosque

Con esa certeza, la Hidra tomó una decisión. Debían ir al bosque. No era valentía. Era necesidad. Partieron por la mañana, con provisiones y con Emberlin. Al principio, el camino resultó familiar, casi tranquilo. Pero poco a poco la vegetación se cerró sobre ellos, el terreno se volvió más difícil y una sensación conocida regresó.

Algo los seguía. No en el suelo. Arriba. Entre las copas de los árboles. Sombras que se movían cuando nadie las miraba directamente. Presencias que no descendían, pero tampoco se alejaban. El bosque de Niguace volvía a observarlos.

La tumba abierta

Finalmente llegaron a una zona rocosa. Allí la encontraron. Una tumba abierta. El silencio era más pesado en aquel lugar, como si incluso el bosque evitara respirar demasiado fuerte. Entonces apareció la criatura.

Era enorme, del tamaño de un oso, con un cuerpo que mezclaba rasgos de cánido y algo vagamente humanoide. Se arrastraba con brazos largos y deformes, terminados en garras que arañaban la tierra. La carne estaba abierta, podrida, desgarrada de una forma imposible. Y entre las costillas de su pecho estaba Cladinia. Su cuerpo permanecía encajado dentro de aquella cosa, inerte, como si formara parte de ella.

Entonces llegó la voz. Rota. Fragmentada. No hablaba con ellos. Parecía hablar consigo misma. No quería estar sola. Tenía frío. Lo sentía. Y después atacó.

El eco de los muertos

Emberlin reaccionó primero. De sus labios brotó un aliento gélido que impactó contra la criatura y cubrió parte de su carne muerta con escarcha. No fue suficiente.

Los demás lucharon como pudieron. Con palos. Con piedras. Con una daga. No hubo técnica ni gloria, solo instinto y miedo. La criatura se movía de forma torpe, como si su propio cuerpo no terminara de obedecerla, pero cada golpe podía haber matado a cualquiera de ellos.

Fue un combate desordenado. Caótico. Real. Y aun así, la Hidra venció. Cuando la criatura cayó, el silencio regresó de golpe. Se acercaron, abrieron aquel cuerpo imposible y sacaron a Cladinia. Pero ya no había nada que salvar. Había muerto mucho antes.

Una victoria amarga

El regreso a Niguace fue lento y pesado. Nadie hablaba. Las heridas, el cansancio y lo que acababan de ver hacían que cada paso pareciera más largo que el anterior. Sobre ellos, entre las copas de los árboles, algo continuaba moviéndose. Observando. Acompañando.

No volvió a atacar.

Cuando llegaron a la academia, las sacerdotisas de Krolikary atendieron sus heridas sin hacer demasiadas preguntas. Después, Tegku Bagui Fénix y Nax escucharon su relato en silencio.

No hubo reproches. Solo reconocimiento.

La Hidra había encontrado a la alumna desaparecida. Había enfrentado algo que nadie más había sabido detener. Y por ello, el aquelarre ascendió hasta liderar el ranking de su clase.

Pero en Niguace, ninguna victoria terminaba realmente. Porque ahora sabían algo más. Que no todas las heridas eran accidentales. Que no todos los muertos descansan. Y que algunas plantas… no solo crecen.