El paso del tiempo en Niguace había transformado al Aquelarre de la Hidra. Lo que al principio fue un grupo improvisado de alumnos llegados tarde comenzaba a convertirse en algo más sólido: un refugio compartido, una sala propia y una alianza nacida entre secretos, heridas y peligros comunes.
Pero no todos vivían aquella transformación de la misma manera.
Sahure em Wase regresaba poco a poco tras semanas de enfermedad, más frágil y marcado por delirios que ningún profesor parecía capaz de explicar. Emberlin, por su parte, encontraba en la Hidra un lugar donde no era rechazada, aunque el final del curso la amenazaba con una posibilidad devastadora: si suspendía, no podría ver a su padre durante el verano.
Mientras la academia seguía su rutina inquietante, una visita inesperada cambió el rumbo del aquelarre.
La verdad sobre Thalios
Minara de los Cuernos Negros llegó a la sala de Hidra acompañada por Korgas y la enigmática Yara Satomi. No traían una visita casual, sino una verdad incómoda.
Thalios Arroyo Cristalino no se había marchado de Niguace. Había desaparecido porque su pasado lo había alcanzado.
Según reveló Minara, Thalios era legalmente un esclavo perpetuo bajo las leyes del Imperio. Su madre había sido capturada en las estepas de Volkodinia y vendida. Él nació dentro de aquel sistema y heredó una condición que jamás eligió. Con el tiempo, acabó vendido a una familia noble de Vaccea: la familia Sancho.
Aquel apellido bastaba para entender el peligro.
La ley de las cadenas
Thalios había llegado a Niguace como alumno libre, o al menos tan libre como alguien en su situación podía serlo. Tiempo atrás, Tegku Bagui Fénix y una organización clandestina conocida como el Puño Argénteo habían intervenido en secreto en uno de los barcos esclavistas de la familia Sancho. Gracias a aquella operación, Thalios escapó de un destino ya escrito.
Pero los actos dejan rastro.
Pedro Sancho investigó, revisó registros y encontró la verdad que necesitaba: Thalios seguía siendo, legalmente, propiedad de su familia. La ley estaba de su lado. Y aunque Nax no ignoraba la injusticia de aquella situación, tampoco podía desobedecer abiertamente las normas del Imperio.
Por eso Thalios tuvo que desaparecer. No como quien huye. Sino como quien es apartado antes de que puedan reclamarlo.
La Arboleda de Lythariel
Con ayuda de Tegku, Thalios fue llevado a la Arboleda de Lythariel, un refugio oculto protegido por magia antigua y por el propio bosque. Allí vivían antiguos esclavos de distintas razas, personas que ya no podían regresar al mundo que las había marcado.
No era un reino. No era una ciudad. Era un lugar construido para quienes habían perdido el derecho a existir en paz.
El plan de Quimera era arriesgado, pero ingenioso: si Thalios no podía dejar de ser esclavo sobre el papel, entonces cambiarían quién era su dueño. Falsificarían documentos para vincularlo legalmente a otra familia noble. Esa familia sería la de Juan Alvarado.
Sobre el papel, Thalios seguiría perteneciendo a alguien. En la práctica, sería libre. La Hidra aceptó.
Camino al bosque
Dos días después, el aquelarre partió hacia la Arboleda. El bosque los recibió con su mezcla habitual de belleza, humedad y amenaza. No tardaron en sentir que algo los seguía desde el cielo.
Fue Sahure quien lo notó primero.
Una presencia sobre las copas de los árboles. Algo que no descendía ni atacaba, pero que tampoco se alejaba. Una vigilancia constante, silenciosa, imposible de ignorar.
La primera noche confirmó que no era imaginación. Mientras hacían turnos de guardia, un conejo muerto cayó desde lo alto y golpeó el suelo con un sonido seco. No era un accidente. Era una advertencia. O algo que se parecía demasiado a una.
El ataque del goblin
Durante el turno de Triko, un goblin viejo, flaco y cubierto de harapos surgió de la oscuridad. Se movía con una rapidez inesperada y atacó sin vacilar. Su objetivo fue Juan.
El goblin lo apuñaló antes de que nadie pudiera reaccionar. El grito de alerta despertó al resto del grupo, y en medio del caos lograron reducir al atacante sin matarlo.
Al registrarlo, encontraron algo más perturbador que el propio ataque: un libro perteneciente a una estudiante gnoma de Niguace y lo que parecía ser su mano, parcialmente momificada, con marcas de mordiscos. También llevaba una sustancia negra, densa y pegajosa.
Resina negra.
Una droga prohibida, asociada a individuos desesperados, peligrosos o rotos por completo. La Hidra no supo qué hacer con el goblin. Finalmente lo desarmaron y lo dejaron marchar. No porque confiaran en él. No porque creyeran que era seguro. Sino porque todavía no estaban preparados para cruzar esa línea.
El refugio de los que no pueden volver
Al día siguiente, la Arboleda de Lythariel se reveló ante ellos. O quizá fue ella quien decidió encontrarlos.
Maelyr Zarpa de Musgo, el archidruida, los guio hasta el claro donde se encontraba Thalios. El reencuentro fue inmediato y sincero. Thalios no ocultó su alegría al verlos, y cuando escuchó el plan, aceptó sin dudar. Confiaba en Juan. Sin condiciones. Sin reservas.
El regreso fue más seguro gracias a Tharia Raíz Profunda, líder de los centauros, que escoltó al grupo junto a otros de su pueblo. Cuando le hablaron de la presencia que los había seguido desde el cielo, Tharia no pareció sorprendida. Creía que podía tratarse de una arpía. Pero no una normal. Una anomalía.
Llevaban tiempo observándola. Nunca había atacado directamente, pero su comportamiento resultaba imposible de explicar.
Los documentos de una mentira necesaria
De vuelta en Niguace, la Hidra acudió a Tegku Bagui Fénix y le contó mucho más de lo que quizá debería saber. Para sorpresa del grupo, Tegku no se enfadó. Al contrario. Se mostró orgulloso. Orgulloso de que hubieran decidido ayudar.
Él se encargaría de los documentos. Y también de algo más. Sin previo aviso, transportó mágicamente al grupo hasta Vaccea, al hogar de Juan: un pequeño castillo en lo alto de una colina, rodeado de campos agrícolas. La llegada nocturna provocó sorpresa entre sirvientes y guardias, pero Tegku habló en privado con el padre de Juan y el acuerdo se cerró.
Juan sería, oficialmente, el amo de Thalios. En los papeles. Nada más. La visita también dejó entrever heridas propias de Juan. Su padre se había vuelto a casar con una mujer joven que esperaba un hijo, quizá el heredero legítimo que Juan nunca había llegado a ser del todo. La casa familiar no parecía un hogar para él, sino otro lugar donde su presencia resultaba incómoda.
La mirada de Nax
El último paso fue el más delicado. Nax. La directora escuchó la versión oficial con una tensión evidente. Sus preguntas fueron precisas. Sus silencios, aún más. Observaba cada gesto, cada palabra, cada pequeña grieta en la historia que le estaban presentando.
Sabía. Era evidente que sabía. Pero en un momento su mirada se cruzó con la de Tegku, y allí pareció decidir algo. Aceptó la versión de los hechos. Thalios podría regresar a la academia, siempre que su amo lo permitiese. Y Juan lo permitió. Incluso la matrícula quedó cubierta.
Una victoria incompleta
La Hidra había conseguido lo imposible. Habían devuelto a Thalios a Niguace. Habían burlado una ley injusta sin enfrentarse abiertamente a ella. Habían convertido una cadena legal en una mentira protectora.
Pero en Niguace, ninguna victoria era completa. Porque alguien más acabaría enterándose. Y cuando Pedro Sancho descubriera lo ocurrido, no lo dejaría pasar.
El Capítulo III deja una certeza incómoda: a veces, para romper unas cadenas, primero hay que fingir que siguen puestas.